Frederic Munné
Universidad de Barcelona
fmunne@psi.ub.es
Fuente: Revista de Psicología Social, 1999, 14, 2-3, 131-144. Reproducido de Psicologia & Sociedade, julio-diciembre1998, 10, 2, 76-94.
RESUMEN. El pensamiento postmoderno introduce un nuevo modo de conocimiento crítico. Las versiones psicológica y social del mismo dan lugar a los constructivismos y los construccionismos. Se muestra su común denominador epistemológico, lo que permite tratarlas conjuntamente como psicología construccional. La versión más radical de la misma es expuesta y valorada, a través de dos de sus autores más representativos (von Glasersfeld y Gergen), desde el paradigma epistemológico de la complejidad que se está configurando por la ciencia más avanzada. Se concluye que el antropocentrismo que la anima simplifica la realidad y debilita seriamente su aportación crítica.
Palabras clave Construccionismo. Constructivismo. Complejidad. Posmoderno.
TITULO EN INGLES. Constructionism, constructivism, and complexity: The weakness of critical knowledge in the constructional psychology.
ABSTRACT. Postmodern thougth introduces a new way of critical knowledge. Psychological and social ways of this thougt are constructivist and constructionism theories. Their common epistemological denominator is shown and that lets us see as a whole, under the label of constructional psychology. The most radical version in two representative authors (von Glasersfeld and Gergen) is explained and valued according with the complexity epistemological paradigm emerging in the most advanced science. We conclude that the anthropocentrism of constructional psychology simplifies reality and weakens seriously their critical contribution.
KEYWORDS. Constructionism. Constructivism. Complexity. Postmodernism.
DIRECCIÓN DEL AUTOR. Departament de Psicologia Social. Facultat de Psicologia. Universitat de Barcelona. Passeig de la Vall d’Hebrón 171. 08035 Barcelona.Tel.: 934021100(3234). Fax: 934021366. E-mail: fmunne@psi.ub.es
LA RECIENTE EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO CRITICO.
El término postmodernidad, con el que algunos designan la situación que perciben como propia de este fin de siglo, alude a la crisis de la sociedad moderna, entendiendo por ésta al sistema social que viene orientando el desarrollo de la cultura occidental estos últimos siglos. Esta perspectiva se autopresenta como la expresión última y radical del pensamiento crítico. En el ámbito de las ciencias del comportamiento, este pensamiento se manifiesta a través del constructivismo y el construccionismo social. La crítica que éstas corrientes destilan supone un cambio de estrategia que las hace merecedoras de una discusión a fondo. En lo que sigue, examino algunas dificultades en ese sentido. (Para otros aspectos de la misma cuestión remito al lector a un trabajo paralelo al presente: Munné, 1998).
Un modo de aproximarse, a grandes rasgos pero sugestivo, al papel que el conocimiento crítico contemporáneo intenta desempeñar en la cultura es atender al prefijo con el que suele quedar etiquetado. El neopositivismo, el neodarwinismo, el neoconservadurismo, etc. responden a un tipo de crítica que podemos denominar “neo”, basada en posiciones revisionistas que suponen una confirmación, malgré lui y por la vía de la renovación, de aquello frente a lo cual se reacciona. Así, el neorromanticismo fue una reacción contra el naturalismo literario, en pro de un retorno al romanticismo, o por poner otro ejemplo, los neomarxismos siempre se han propuesto no el abandono de Marx sino una relectura del mismo.
En la segunda mitad de nuestro siglo, el conocimiento crítico ha evolucionado, sobre todo en sus posiciones radicales, desde una crítica anti a una crítica post (o contra). Movimientos como el antipositivismo, la antipsiquiatría, la contracultura, contra el método, etc. se han caracterizado por enfrentarse directamente a la ciencia y la cultura establecidas, en cambio los movimientos post como el postestructuralismo, el postmarxismo o el postmodernismo siguen otro camino. En el último caso, el prefijo adquiere una particular transparencia semántica, ya que la crítica postmoderna en vez de enfrentarse a lo establecido opta, como veremos, por la estrategia de girarse de espaldas, alegando que ya se está en "el día después".
Dos hechos han contribuido decisivamente al desplazamiento de la crítica anti a la crítica post. Inicialmente, la crisis del marxismo como ideología sociopolítica, crisis que viene arrastrando al pensamiento inspirado en ella, y en aprovechamiento del vacío así generado, los intentos del movimiento postmoderno de implantar a cualquier precio un nuevo conocimiento crítico.
Desde el marxismo, la crítica más dura y persistente del pensamiento y la ciencia dominantes a lo largo del siglo (dejando aparte el fracaso del materialismo dialéctico de obediencia soviética) se debe a la Teoría Crítica. Sus aportaciones, desde el freudomarxismo, fueron uno de los componentes esenciales de la contracultura que agitó al mundo occidental a lo largo de los años sesenta y setenta. En ellas, la dialéctica como instrumento al servicio de la crítica adquirió una potencia extraordinaria, como puede comprobarse en los análisis de Marcuse (1964 y 1965) sobre la unidimensionalidad del hombre en la sociedad de consumo o sobre la tolerancia en la sociedad carnívora. Posteriormente, o sea en los herederos del espíritu de la Escuela de Frankfurt, este componente dialéctico ha pasado a ser residual. Y aunque algunos (como Jameson, 1990), procuran mantener vivo ese espíritu en el marxismo tardío, especialmente reviviendo a Adorno, el resultado ha sido una crítica más sofisticada pero menos virulenta, de la que es buena muestra la evolución del pensamiento de Habermas (ver Munné, 1989), Es cierto que fuera del ámbito frankfurtiano, la dialéctica marxista continua nutriendo la psicología social crítica, como en el análisis del capitalismo liberal que ha hecho Wexler (1983), pero hay que reconocer que se trata de casos aislados y sin repercusión en el conjunto del panorama actual. En cuanto a lo que algunos consideran postmarxismos, como el contextualismo o la estructuración, desvirtúan tanto el marxismo y la dialéctica que uno y otra apenas resultan reconocibles.
La debilitación del conocimiento crítico tiene su consumación en el pensamiento postmoderno, el cual busca el protagonismo de la situación instaurando un nuevo modo de crítica. Esto es particularmente manifiesto en el debate entre el positivismo y el antipositivismo, en el que además de los marxistas críticos han venido interviniendo interaccionistas simbólicos, etnometodólogos y etogénicos entre otros. Este debate ha estado en el centro mismo de la crítica anti, la cual lo trataba frontalmente, en cambio las críticas postmodernas rehuyen la cuestión y, a pesar de su radicalismo, hacen sonreír cuando se las compara, por ejemplo, con la disputa entre Adorno y Popper sobre la lógica de las ciencias sociales, en el Congreso de Tübingen de 1961 organizado por la Sociedad Alemana de Sociología, disputa continuada algo más distendidamente por el primer Habermas al que contestaron Albert y más tarde Luhmann (ver Adorno et al., 1969).
En el nuevo contexto, los responsables de todos los males sociales ya no son los burgueses, como ha venido sosteniendo el marxismo, sino los modernos. En efecto, para el postmodernismo, la raíz del malestar (Unbehangen, para emplear el famoso término de Freud) en la sociedad actual no hay que buscarlo en el capitalismo burgués sino en el modelo que nutre a nuestra sociedad y que, heredado de la Ilustración, no es otro sino el de la “luz” de la razón. La raíz filosófica más relevante de está acusación se encuentra en el pensamiento nietzscheano, que algunos (Lyotard, Vattimo, etc.) extienden hasta la ontología existencial de Heidegger.
Es a partir de una lectura en términos post de estas fuentes, que se declara la obsolescencia del gran ideal de la modernidad, esto es, la idea del progreso. Hay signos suficientes e inconfundibles, se dice, de que la historia está llegando a su fin (ha de sobreentenderse que se trata de la historia de la modernidad), lo cual arrastra a la ciencia e incluso a la tecnología a pesar del perverso desarrollo de esta última (ha de sobreentenderse, también, que se trata de la ciencia y la tecnología modernas). A estos productos del ser humano, que encarnan los demonios de la postmodernidad, no se les declara en decadencia. Simplemente, se les extiende el certificado de defunción y de ahí que se diga que nos encontramos ya después de la modernidad.
Como signo más visible de esta situación, definida por las negaciones postmodernas indicadas, se señala la fragmentación que se da en todo cuanto define nuestra cultura: desde la política hasta el arte y desde la vida cotidiana hasta la actividad teorética, lo disperso, lo múltiple, lo provisional, lo local, etc. nos invade cada vez más. Esta desintegración de la vida moderna es hermenéuticamente valorada de un modo digamos “positivo”, por entender que conlleva la alternativa de asumir la postmodernidad.
LA PSICOLOGÍA CONSTRUCCIONAL
En las ciencias del comportamiento, las tendencias post tratan de explicitar este sentido, que es el de un incesante construir-se. El discurso postmoderno se cobija sobre todo en dos corrientes actuales: el constructivismo, orientado hacia la psicología de la personalidad y la educación, y el construccionismo que mira hacia la psicología social y política. Salvo alguna excepción (como Harel y Papert, 1991), hay consenso en el uso diferenciado de una y otra etiqueta.
Tanto el constructivismo como el construccionismo vienen fertilizando estos últimos años el panorama teórico. Así, el constructivismo, en el ámbito del desarrollo, el aprendizaje y la educación (ver Martí, 1996; Diesberger, 1998), aparte de sendos antecedentes (Piaget, Vigotsky), cuenta con modelos de procesamiento de la información basados ya en las reglas ya en los esquemas (conexionismo); en el ámbito de la psicoterapia destaca la teoría del análisis narrativo como instrumento del cambio personal (ver Niemeyer y Mahoney, 1995; Lax, 1997) y en el ámbito más directamente referido al comportamiento social, aparte de antecedentes como la teoría kellyana de los constructos personales y la teoría de la metacomunicación en terapia familiar sistémica debida a la Escuela de Palo Alto, están los trabajos experimentales de la Escuela de Ginebra sobre la construcción social de la inteligencia (Doise y Mugny, 1981), el modelo confusamente llamado “construccionista” de Papert sobre autodiseño y autoconstrucción personal del significado, aplicable al aprendizaje mediante juegos, programas y robots informáticos (ver Kafai y Resnick, 1996), el constructivismo antropológico dialéctico (Pascual Leone, 1997), el constructivismo radical filosófico que roza si no busca la utopía sobre los modos de construcción de mundos posibles (Goodman, 1978), etc.
Por lo que se refiere al construccionismo también cuenta con una diversidad de orientaciones, que van desde el enfoque teórico de Gergen, al que me referiré luego, hasta el enfoque aplicado de Kitsuse y Spector. A estos dos últimos autores se debe la influyente teoría subjetiva de los problemas sociales, de inspiración etnometodológica y que cuenta con el clásico antecedente de la label theory de Howard Becker. Fue expuesta por ellos en un trabajo seminal (1973), donde atacaban a Merton y el funcionalismo estructural, y sostenían que no son las condiciones objetivas sino los procesos interpretativos lo que crea dichos problemas, los cuales de este modo pasan a ser reales. Otras direcciones vienen dadas por el construccionismo práctico de Shotter (1988), interesado no por la teoría sino por la práctica social en tanto que constructora de la teoría, y el construccionismo colectivo (Kitayama et al., 1997) que incide en los procesos psicológicos y culturales como mutuamente constitutivos del self. También merece citarse el construccionismo quizás calificable de simbólico, orientado hacia la investigación cualitativa, en el que importa tanto el significado dado a los fenómenos como el contexto que les confiere especificidad, lo que lleva a ver en toda investigación una construcción resultante de la propia interacción social en la que interviene el propio investigador (Denzin y Lincoln, 1994).
Tan amplia diversidad de posiciones constructivistas y construccionistas da la impresión de una heterogeneidad casi inaprehensible. Sin embargo, hay un punto nuclear de coincidencia que permite considerarlas de un modo conjunto: todas parten de una misma base epistemológica, dada por la tesis de que el conocimiento consiste en un proceso proceso psicológico y social constructor de la realidad, y la consecuencia de que el comportamiento humano está no ya mediatizado sino determinado por dicho proceso. Esto explica que a pesar de sus diferencias, las posiciones construccionales mencionadas lleguen a una misma conclusión epistemológica.
Ciertamente estamos, en principio, ante dos posiciones que parten de una tradición teórica muy diferente. El constructivismo conecta con la Gestalt y con el sociocognitivismo, marcos teóricos que se basan en la percepción como proceso elaborador del material bruto sensitivo, en cambio el construccionismo se inspira en el interaccionismo simbólico (por ejemplo, Cohen, 1985), la etnometodología y la etogenia, hundiendo a fondo sus raíces en la teoría del acto social y del Otro Generalizado de Georges Mead. Debido a este diferente linaje, en el primer caso la construcción se refiere a las estructuras perceptivas (Gestalten) o cognitivas (esquemas: y aquí habría que mencionar los antecedentes de Bartlett - Spivey, 1966 - y de Piaget), mientras que en el segundo caso la teorización tiene un carácter fenomenológico y hermenéutico y tiende a centrarse en la elaboración social de los significados.
Pues bien, esta diferente afiliación o dualismo referencial es justamente lo que hace que ambas corrientes converjan en un lugar común. Porque del mismo modo que en el cognitivismo es más importante la percepción de la realidad que la propia realidad, en el paradigma meadiano es más importante el significado de la realidad que la realidad misma. O sea, que la realidad resulta secundarizada en ambas tendencias hasta llegar, en las posiciones más extremas, a la vaciedad de carecer de significado por si misma.
Esto explica que la justificación del estatus epistemológico de la realidad sea el problema que más obsesiona en el contexto expuesto. La cuestión se focaliza en la relación entre el sujeto y el objeto del conocimiento, y se dirige a superar el que ha sido calificado (Morin, 1992) de gran pradigma dominante en la ciencia y la filosofía occidentales desde Descartes, esto es, la dicotomia entre el sujeto y el objeto. Es una cuestión considerada tan fundamental que llega a dividir en dos sectores, uno moderado y otro radical, tanto a los constructivistas como a los construccionistas.
Niemeyer y Snyder (1995) señalan que la diferencia entre los constructivistas radicales y los críticos (que aquí llamamos moderados) está en que estos, aunque niegan que podemos conocer la realidad de un modo absoluto, admiten el objetivismo como búsqueda de una realidad hipotética, mientras que los radicales sostienen que nuestras experiencias son meras construcciones personales por lo que no cabe referirse ni siquiera a una realidad externa objetiva. Desde esta última posición, von Glasersfeld (1994) sostiene que el constructivismo radical se refiere a cómo hay que pensar el mundo y concluye que éste no puede conocerse como una realidad independiente del sujeto que la piensa. Este panorama se repite en el construccionismo, cuyo sector radical defiende también (Ibáñez, 1994) que la realidad no existe con independencia de nosotros, añadiendo este último autor la afirmación inequívoca de que la verdad es un criterio que depende de nosotros y que decidimos según el valor de uso y adecuación a las finalidades que asignamos.
La unidad entre constructivistas y construccionistas la evidencia el hecho de que cuando se trata de la base epistemológica, la distinción entre unos y otros desaparece pasando a coincidir , de una parte, el sector moderado de ambas tendencias, y de otra parte, los sectores radicales respectivos. Expresado con otras palabras, es mucho más decisiva la diferencia que divide a los radicales y los moderados que la que separa a constructivistas y construccionistas.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, voy a emplear el término construccional para designar el marco epistemológico que encuadra conjuntamente a la psicología constructivista y la construccionista.
ALGUNAS DIFICULTADES DE LA CRÍTICA CONSTRUCCIONAL
Desde el pluralismo teórico (Munné, 1997), la psicología construccional aparece como un neocognitivismo. Von Glasersfeld (1996) no oculta que el interés del constructivista se concentra exclusivamente en el dominio cognitivo, y desde un ángulo más construccionista, Shotter (1996), aunque sostiene que nuestras capacidades cognitivas no son las fuentes ya existentes de nuestras acciones o emisiones sino que se forman en lo que hacemos y decimos, termina invocando a Harré que califica de segunda revolución cognitiva el adoptar un giro discursivo (citando, como ejemplo, los trabajos de Edwards y Potter, 1992).
Este cognitivismo, más o menos encubierto, significa que la construcción es tratada como una construcción cognitiva. Parodiando a Berkeley, que sentenció que ser es ser percibido, podemos decir que para los construccionales ser es ser conocido, al menos en el sentido de que los límites de la construcción son los límites de la cognición. Esto simplifica la propia construcción, ya que excluye de la misma otros aspectos, como los afectivos y los vivenciales, con los que accedemos a la realidad experimentándola, y la experiencia más que conocida es vivida y sentida.
No es de extrañar que detrás de los constructivistas asome el empirismo inglés. Para no quedarse en las nubes necesitan que la experiencia o la práctica juegue un papel relevante en la psicología construccional. Y a primera vista, esto es así aunque resulta de unos argumentos retorcidos. En efecto, invocando al empirismo y al utilitarismo inglés (Locke, Berkeley, Bentham), Von Glasersfeld (1992 y 1996) afirma que la construcción del conocimiento siendo autónoma no es libre, pues las imágenes que abstraemos de nuestras experiencias deben mostrar su viabilidad en el mundo experiencial, y sólo en la medida en que son viables, sirven de modelo de ulteriores acciones y pensamientos. Por lo tanto, la separación entre lo que resulta viable y lo no viable limita la actividad constructiva, sin embargo esto no significa que el sujeto pueda acceder a estas limitaciones puesto que no puede determinar si los fracasos se deben a un error propio o a algún impedimento del mundo ontológico. Como Fischer (1992) comenta, von Glasersfeld trata el saber de un modo instrumentalista, es decir como construcción de formaciones conceptuales que todavía no han entrado en conflicto con el mundo de la experiencia. ( ¿ A quien esto no le evoca el falsacionismo popperiano ?). Ahora bien, el papel de la experiencia queda de hecho muy minimizado cuando von Glasersfeld afirma que la mayoría de los conceptos que son indispensables (sin precisar cuáles no lo son y por qué) no son dados por nuestros sentidos sino que son un producto de nuestras operaciones intelectuales, de nuestra reflexión creadora y de nuestra capacidad de abstracción.
La postura de este autor es, como señala él mismo, pragmática, en el sentido de que sin negar una "realidad" ontológica (sic) rechaza toda (sic) posibilidad de obtener de ella una representación verdadera. A mi modo de ver, con esta afirmación arrebata a la cognición toda función des-cubridora de la realidad y reduce aquélla a una función meramente organizativa del mundo experiencial de cada sujeto. El propio von Glasersfeld es consciente de que su posición reduccionista plantea el problema de la interacción social al comentar que, si un sujeto sólo puede saber lo que él ha construido, quienes interactúan con él no pueden ser considerados como ontológicamente dados. Intentando sortear la cuestión y acusando de innnatismo nada menos que a sus compañeros de viaje, los construccionistas sociales, ve la solución en Kant según el cual atribuimos a los otros la misma capacidad cognitiva que reconocemos en nosotros, y esto explica que necesitemos confirmar nuestra realidad experiencial a través de la interacción.
Cuestión afín, pero distinta, es cómo pueden ser efectivos los intercambios lingüísticos si los significados son construcciones subjetivas. La respuesta del mismo autor está, una vez más, en el carácter esencialmente instrumental de la acción humana. Nuestros conceptos y asociaciones semánticas se forman, modifican o descartan según cuán bien nos sirven o funcionan en nuestros esquemas conceptuales o en nuestras interacciones, en un proceso de acomodación y adaptación controlado principalmente por los fracasos. Lo que ocurre es que, como este proceso no tiene fin, nunca podremos saber el significado de todas las palabras y expresiones usadas, pues lo más que podemos afirmar es que nuestro uso del lenguaje parece compatible con el de los otros. De ahí que el instrumentalismo se extienda al lenguaje: las palabras no comunican ideas o conocimiento, pues comprender es una cuestión más de ajuste que de similitud. Por ello, el lenguaje no sirve para transferir información o conocimiento, por ejemplo a un paciente o a un estudiante, sino que es un medio para constreñir y orientar las respuestas físicas así como para la construcción conceptual del otro. Y añade von Glasersfeld, con palabras de Rorty (1982), que las personas articulan oraciones para manejar su entorno.
Pragmatismo e interacción lingüística también se encuentran en la base del construccionismo social (Olson, 1997). Shotter (1996) afirma que es desde las relaciones sociales, construidas en forma activa, que aquello de lo que se habla recibe su significado. Es más, nuestro “ser”, mejor dicho lo que describimos como nuestro self, psique o mente, sólo adquiere existencia a través de la mediación del lenguaje. Pero esto no significa que no se requiera ninguna referencia extralingüística para explicar los objetos (gráficamente, Shotter comenta: quienes critican en este sentido a los construccionistas sociales suelen golpear la mesa y preguntan si queremos negar su realidad), porque la función primaria del lenguaje es retórico responsiva, mientras que la función representativa del mismo (que Shotter admite) tan sólo es derivada o secundaria. Esto destaca la materialidad del lenguaje, es decir, significa que nuestras formas de habla funcionan dentro de un fondo material de lo no dicho y no decible, y son posibles sobre un conglomerado de prácticas vivientes encarnadas. Además, añade Shotter, yo no puedo reconstruir como a mí me plazca, ya que es un hecho que mi versión de mí mismo, como científico social, no depende totalmente de mí (Shotter, 1996). Al lector le entra inmediatamente la sospecha de que aquí el autor siente la necesidad inconfesada de apelar a algo objetivo y lo intenta de forma subrepticia.
Una posición pragmática similar a la de von Glasersfeld pero más dura es la sostenida por Gergen, autoerigido en portavoz del construccionismo social. Para este último, el conocimiento y el significado son un producto del intercambio social mediado por el lenguaje y la comunicación, siendo intersubjetiva cualquier “realidad” dada o sea una invención compartida por una comunidad de seres cognoscentes (Olson, 1997). Gergen (1991 y1996), intentando borrar la distinción entre mundo y mente o lo que es lo mismo entre el objeto y el sujeto, asegura que no hay nada fuera del texto, y que a las palabras, aunque son meros sonidos, se le da un poder al ser empleadas por personas en relación. Por esto, entiende que el análisis del lenguaje es una exploración de las formas sociales en el discurso, cuyas implicaciones pragmáticas son destacadas por la crítica ideológica, lo cual deja fuera de consideración la cuestión de la verdad. Y es que, según nos aclara Ibáñez (1994), en el construccionismo, el valor de verdad deja de tener sentido y lo único que cuenta es el valor de uso dado por la adecuación a las finalidades que nosotros mismos asignamos al conocimiento. Por otra parte y volviendo a la cuestión discursiva, este último autor (1997), yendo en busca de la dimensión normativa, no neutral, del conocimiento científico social dentro del contexto de una psicología social crítica, se muestra últimamente más cauto y moderado que Gergen y más cercano a Shotter al afirmar que los fenómenos sociales son un producto humano que emerge de las convenciones lingüísticas “al menos parcialmente”.
Desde mi punto de vista, la psicología construccional en sus dos versiones radicales aborda la cuestión del sujeto y el objeto operando no por síntesis sino por reducción del problema, abocando a una posición claramente antropocéntrica. Se hace depender el objeto del sujeto, de un sujeto que arregla el objeto a su medida, pues se declara juez sin reconocer que es a la vez juez y parte en el asunto. En el fondo, estamos ante una reivindicación monopolística del sujeto (no del sujeto psicológico sino del sujeto cognoscente), que conlleva la extinción epistemológica del objeto. La distinción entre el sujeto y el objeto queda, con esto, suprimida.
Pero no se juega limpio. Porque para superar el problema se elimina el objeto en los procesos de conocimiento y se mantiene el sujeto. Ahora bien, esto aumenta los problemas, porque prescindir del objeto del conocimiento reduce drásticamente la realidad del propio sujeto en tanto que congruentemente comporta eliminarlo incluso como objeto de autoconocimiento, lo cual deja en entredicho a las ciencias humanas, psicología y psicología social incluidas; asimismo, comporta eliminar al sujeto de conocimiento en tanto que presente en el objeto, dejando sin sentido fenómenos como el denominado efecto Hawthorne según el cual la mera observación de un grupo puede modificar más o menos su comportamiento, efecto de observación que por otra parte, desde que Heisenberg formulara el principio cuántico de incertidumbre, afecta a todos los ámbitos de la ciencia.
Pasando al estatus epistemológico de los otros, viene dado por el hecho, ya señalado por Georges Mead, de que la interacción está mediatizada por el significado que ellos tienen para mí. El construccionismo parece entender esto como que el otro al ser significativo ya no es objeto de mi conocimiento, pero esto supone justamente dicotomizar el conocimiento haciendo incompatibles los aspectos objetivo y subjetivo del mismo.
La realidad de los otros (y de la naturaleza) no puede depender sólo del sujeto pensante o significante, so pena de convertirse en puro pensamiento, algo así como la famosa escultura de Rodin "El pensador" ... pero sin la escultura. Estamos ante una extravagante mezcla de kantismo y de existencialismo sartreano, que evoca un ignoto ser en sí reducido a un ser para sí. Expresado de otro modo, para salvaguardar la independencia del sujeto se ha escamoteado el objeto. ¿ Es exagerado decir que esto es actuar como los conductistas skinnerianos, con la diferencia de que en el presente caso la black box no encierra la incómoda mente sino al revés, es decir, la realidad. En otro aspecto, es también actuar según la sentencia del primer Wittgenstein: "de lo que no se puede hablar, mejor es callarse" (Prólogo al Tractatus), lo cual en términos del caso que nos ocupa es sostener que de la realidad de la que se predica que no es significativa, nada se puede decir ( y se olvida que el segundo Wittgenstein tuvo la sinceridad y la valentía de rectificar tal creencia ingenua).
La estrategia post de desplazar críticamente el foco de atención se manifiesta también en la disputa que opone la naturaleza y la cultura. Haciéndose eco de las negaciones postmodernas mencionadas al comienzo, los presupuestos epistemológicos de la psicología postmoderna llevan ésta a una adoración de la cultura: para ensalzarla se desnaturaliza la naturaleza, valga el juego de palabras, alegando que ésta es construida por el sujeto. El radicalismo post anda por un callejón sin salida.
En uno de los autores más fuertemente receptivos al espíritu de la postmodernidad pueden verse algunas de las consecuencias y problemas que conlleva la pérdida de sentido del progreso, la ciencia y la técnica a que obliga el haber reducido la realidad a una realidad cultural. En una primera formulación, Gergen (1973) consiguió impactar a la opinión científica con la tesis ideográfica, a pesar de no ser novedosa por diltheyana, de que la psicología social no era ciencia sino historia, puesto que el conocimiento que genera no es acumulativo (lo cual, en una especie de ensayo de desconstrucción postmoderna, era tanto como disgregarlo y con esto paradójicamente negar la historia). Sin embargo, años después, adoptada ya por él la denominación "construccionismo social" (1985), explicaba (1991) el amor en términos acumulativos al entenderlo como un sentimiento producido a través de los siglos por los relatos literarios y las obras de arte. Y es que sin conocimiento acumulativo ni la historia es posible.
Sobre el conocimiento teórico, Gergen (1982; 1991; 1996) dice que las teorías no pueden hacer predicciones ni ofrecen la posibilidad de aplicación sino que deben generar dudas y alternativas, y propone elaborar “teorías generativas” a las que caracteriza por contradecir los supuestos comúnmente aceptados de la cultura y por ser capaces de transformar la realidad. ¿ Es preciso recordar que Blumer (1969) ya hizo una propuesta en el mismo sentido al reclamar unos sensitizing concepts ? Quizás la novedad está en que ahora se enfatiza que las teorías no pueden reflejar la realidad, debido a que no son algo externo a ésta sino que forman parte de la misma, y que cualquier representación teórica sirve simultáneamente para sensibilizar y constreñir (Gergen, 1996). La nueva lectura que el construccionismo, al menos el gergeriano, hace del interaccionismo simbólico permite etiquetar su crítica de neosimbólica, en la misma línea que Berger y Luckmann (1966), con la diferencia de que estos pioneros de la construcción la referían al mundo de las creencias. Por otra parte, la paradójica afinidad de la concepción de Gergen con el racionalismo crítico ha sido agudamente apuntada por González Rey (1997) al señalar que siendo opuesta esta concepción al racionalismo de Popper coincide con él en que la teoría nada valida y siempre es una interrogación de la realidad, con lo cual si por una parte el conocimiento científico no es falsable, por otra se le otorga un carácter abierto.
La sospecha que uno tiene de que la mayor parte de teorías, entre otras cosas, son generativas en el sentido gergeriano (¿ qué teoría no genera dudas y alternativas ?) queda confirmada al ver los ejemplos que Gergen (1996) cita al respecto, a saber: las teorías de Freud y Marx, en las que ve un desafío importante a los supuestos dominantes que dieron ímpetu a nuevas formas de acción, y muchas formulaciones de Jung, Mead, Skinner, Piaget y Goffman, e incluso aunque con foco más estrecho la teoría de Festinger sobre la disonancia cognitiva. Aún más, según Gergen también la experimentación puede abrir nuevos modos de acción, como en el experimento clásico de Deutsch y Krauss relativo a los efectos negativos de la amenaza en la negociación, ya que dicho experimento se considera una realidad alternativa y más prometedora donde la amenaza no existe para los negociadores.
Finalmente, en cuanto a la tecnología, Gergen (1991; 1997) sostiene que, hoy en día, ésta encapsula psicológicamente a unos, reduce a seres tecno anómicos a otros y convierte en personas pastiche a unos terceros, siendo este último modo de existencia valioso porque se nutre de fragmentos, lo cual hace posible una función de integración. Extrañamente, a Gergen no le interesa plantear si la ambivalencia instrumental propia de la técnica genera también personalidades con algunas características opuestas.
DEVOLVIENDO LA COMPLEJIDAD A LA REALIDAD Y AL CONOCIMIENTO DE LA MISMA
Las dificultades examinadas debilitan el potencial crítico de la psicología construccional, especialmente en las versiones radicales del mismo. Esta debilidad se hace más patente cuando se pone de manifiesto el denominador común a estas versiones, dado por la reducción de la realidad y la simplificación del conocimiento de la misma.
El reduccionismo asoma su cabeza en la estrategia de la crítica post, ínsita en el postmodernismo psicológico, cuyos análisis tienden a operar por desconstrucción de la realidad. Porque se realizan con la “trampa” de que, una vez llevado a cabo dicho análisis, se pasa a criticar la realidad por estar “desmontada”. Y desde este contexto, el ser humano sólo puede ser visto como un sujeto que debe utilizar su actividad cognitiva para ir montando su realidad. A los radicales de la construcción psicológica y social se les podría llamar los nuevos masones por ver en cada persona el Gran Constructor del Universo.
El reduccionismo construccional se encuentra también en la radicalidad de su análisis epistemológico, al menos por doble partida. De una parte, al eliminar el doble sentido de procesos como la localización-globalización o la ambivalencia de efectos de procesos instrumentales como el desarrollo tecnològico. Esto denota una intolerancia a la ambigüedad, para decirlo con una expresión que hizo famosa Frenkel-Brunswick (1949) al detectar este rasgo en la personalidad autoritaria, rasgo que no deja de ser contradictorio con el relativismo reclamado (Ibáñez, 1994) por el construccionismo social. De otra parte, esta intolerancia se manifiesta al sostener que el conocimiento como construcción de la realidad excluye el conocimiento como representación de la misma. Siendo cierto, como dice Rorty (1979), que la epistemología hasta hoy dominante en Occidente ha estado basada en la metáfora de la mente como espejo de la naturaleza, también lo es que para ir más allá de tal epistemología no es necesario negar dicha metáfora. (A mi modo de ver, Rorty al calificar de desgraciada tal metáfora no comprende que lo desgraciado es el uso monopolístico que se ha hecho de ella.) En otros términos, tan ingenuo y parcial es sostener que el conocimiento únicamente refleja la realidad, como que únicamente puede producirla.
Al reducir el conocimiento a la construcción de un mundo construido por el sujeto como individuo (constructivismo) o por los sujetos como interactuantes con los otros (construccionismo), se elude el conocimiento como relación para lo cual se opta por suprimir el elemento no psicológico de la misma, el objeto. Pero esta “solución” plantea el problema de cómo explicar el conocimiento a partir sólo del sujeto, y a tal fin se recurre a importar un concepto relativamente nuevo, como es el concepto de autoorganización, arreglándolo a su medida para poder aplicarlo al carácter radical que se da a la construcción. Esta pasa a ser, de este modo, un proceso cognitivo de carácter autógeno. Así, desconstruída la realidad objetiva, la tarea constructiva queda a cargo del sujeto, que debe de autoproducir la realidad mediante el conocimiento como autoorganizador.
El concepto de autoorganización proviene, en el constructivismo, de la cibernética de segundo orden, introducida por von Foerster (Steier, 1996) que lo refiere a cuestiones o fenómenos aparentemente redundantes como el conocimiento del conocimiento y la observación de la observación, y se encuentra más o menos explicitado en procesos como la equilibración cognitiva piagetiana, la redescripción representacional (Karmiloff Smith, 1992), o la autopoiesis (Mahoney, 1991, con base en Maturana y Varela) y es inherente a muchos modelos conexionistas (por ej., Kohonen, 1995). En cuanto al construccionismo, la fuente indirecta probablemente está en la neurobiología de Maturana y Varela (1972), aunque Ibáñez (1982) tempranamente entresaca este concepto sobre todo de los estudios de Prigogine(1983) y de Atlan (1979), en los que ve una manifestación de la "incontenible irrupción" de la disidencia construccionista (Ibáñez, 1994). Hoy, la autoorganización forma parte de las contribuciones que vienen haciendo diversas disciplinas y teorías al paradigma de la complejidad de la realidad (ver: Munné, 1993 y 1995; Capra, 1996) y en este aspecto más bien hay que afirmar la tesis contraria, es decir que la psicología construccional busca apoyarse en la autoorganización como proceso fáctico (objetivo), siendo pues la epistemología de la complejidad la que irrumpe en esta corriente.
Antes de continuar conviene puntualizar la concepción que del proceso del conocer tienen Maturana y Varela, y que incluye el concepto de autopoiesis. Para estos autores, el conocer comprende la percepción, el pensamiento, la emoción e incluso la propia acción, o sea como resume Capra (1996) todo el proceso de la vida. Y en este contexto en el que la cognición pasa a ser tratada como un proceso general común a todos los seres vivos, la relación entre el conocedor y lo conocido adquiere otro sentido. Adoptar este modelo es, en principio, reducir nuestro conocimiento al de una bacteria, aunque en el ser humano haya evolucionado hasta la autopercepción o conciencia. Pero justo es en este nivel de complejidad, que nos es propio, donde nuestro conocimiento ya no es una pura reacción constructiva o elaboradora de respuestas sino que al conocer que conocemos, podemos objetivar el conocimiento y representarnos la realidad, incluídos nosotros mismos.
Puede parecer que entre el enfoque construccional radical y el de la complejidad hay plena sintonía, sin embargo una cuestión de fondo los separa. La complejidad sólo es asumida por el primer enfoque en la medida en que favorece y no en la que puede rebatir rebate su planteamiento epistemológico, porque únicamente queda referida al sujeto. Es lo que hace, por ejemplo, Gergen (1991) cuando trata la autoorganización del self como una autorreflexión. En cambio, las teorías de la complejidad no restringen el fenómeno autoorganizativo al sujeto sino que cuando investigan sistemas autoorganizativos los refieren al objeto, sin perjuicio de que el sujeto pueda limitar el conocimiento de los mismos. Por añadidura, el enfoque construccional al que nos referimos prescinde también de que la autoorganización es uno de los aspectos de la complejidad, ya que ésta presenta otra propiedades como la fractalidad espacio temporal, la caoticidad de los sistemas o la borrosidad de límites en la aprehensión de la realidad (Munné, 1995). Dicho enfoque, dado su presupuesto epistemológico, se ve obligado a prescindir de las teorías de la complejidad cuando éstas asumen que hay aspectos del objeto cognoscibles o lo que es lo mismo que existen condiciones objetivas de la realidad. Pero la complejidad no se puede partir, tomar un pedazo y dejar el resto, pues esto sólo vale con la simplicidad.
El reduccionismo construccional obliga a “construir” muchas explicaciones. Si Gergen asumiera la complejidad de la realidad no necesitaría reducir el conocimiento de ésta a la vertiente constructiva y muchas de las explicaciones que acompañan a sus análisis, brillantes y a menudo penetrantes aunque parciales, serían menos “construidas”. Por ejemplo, los múltiples e inacabables significados posibles de una palabra como libro (para leer, para decorar, para tirárselo a alguien, para subirse a él y tomar un objeto, etc.), en los que dicho autor (1991) ve una ilustración de la construcción social de significados se explican, sin necesidad de sacralizar el texto a través del análisis de su discurso, por la borrosidad de los conceptos. O, para poner otro ejemplo en un ámbito distinto, la no predictibilidad de las teorías no requiere que el conocimiento no sea acumulable, porque una teoría tiene impredictibilidad en la medida en que refleja el carácter no lineal de la realidad, lo cual por otra parte no impide cierta acumulación del conocimiento. Esto último puede resultar ininteligible si se quiere entender desde una realidad y un conocimiento simplificados, pero no lo es en los términos propios de la complejidad, concretamente en este caso las iteraciones fractales y las atracciones extrañas.
¿ No es, pues, asumible la psicología construccional desde la complejidad ? Lo es en la medida en que el construccionalismo es capaz de aceptar una realidad objetivamente cognoscible, en el bien entendido que aunque esto implica que dicha realidad se da desprendida del sujeto, no implica que el sujeto pueda desprenderse de ella.
Objeto y sujeto son dos vertientes del conocimiento y no pueden ser tratadas como dos partes del mismo ni menos considerarlas incompatibles. Expresado con otras palabras, desde la psicología compleja en la que el hecho del pluralismo teórico adquiere su pleno sentido, la construcción ha de ser considerada tanto un fenómeno objetivo como subjetivo, y no puede ser considerada el proceso fundamentante, ni siquiera el proceso primus inter pares, sino un proceso psicológico y social más. Esto significa, por poner unos ejemplos, que las condiciones fisiológicas condicionan la construcción del mismo modo que ésta puede condicionar aquellas, que los demás condicionan mis construcciones cognitivas al igual que yo condiciono las de los demás, que no hay la construcción sin comunicación ni comunicación sin construcción, que la construcción resulta de la socialización y viceversa, o que la atribución y la categorización son construidas tanto como que la construcción es atribuida y categorizada.
Así entendido el proceso de construcción, la psicología construccional puede contribuir valiosamente a ampliar los procesos psicosociales básicos al tratar con entidad propia dicho proceso hasta hoy sólo implícitamente contenido en fenómenos como la percepción en tanto que actividad organizadora de las sensaciones, o como la hermenéutica en tanto que actividad elaboradora de significados simbólicos. Por supuesto, esto es asumir la moderación.
Así las cosas, ¿ cuál es la razón de ser de la formulación radical y por qué despierta interés ? Contra lo que ésta pretende, su sentido no es epistemológico. que acaba de ser examinado, sino ideológico. Esto es así, porque la complejidad también afecta a la relación epistemológica sujeto-objeto, la cual no es dual sino por lo menos triádica (Munné, 1994), porque además hay que considerar el objetivo, como orientador que es de la actividad cognitiva. Condicionada de este modo la relación cognitiva, es entonces cuando podemos advertir y comprender hasta qué punto la adopción de una postura epistemológica moderada o radical depende del factor ideológico. Dos casos sirven para ilustrar esta afirmación: Un construccionalista procedente del marxismo crítico y dialéctico tenderá a ser epistemológicamente moderado, porque entenderá la construcción como una respuesta o reacción ante unas condiciones objetivas (ya sean físicas como la sequía o los desastres sísmicos, ya sean sociales como la discriminación o el paro), mientras que un construccionalista orientado por un espíritu libertario tenderá más bien al radicalismo epistemológico, debido a su preocupación por la utopía antes que por la realidad.
Así, si bien la debilidad de la crítica del radicalismo construccional delata que éste es insostenible epistemológicamente, encuentra justificación en la dimensión ideológica, por la provocación e invitación a la alternativa emergente que contiene como novedad, cosa que siempre resulta estimulante para la ciencia. De ahí, el interés que despierta en los sectores de la misma más sensibles al conocimiento crítico. No me parece atrevido afirmar que el radicalismo examinado dejará de atraer cuando la construcción deje de ser una moda.
En síntesis, si como crítica en el plano epistemológico el radicalismo construccional es débil, como crítica en el plano ideológico es fuerte, pues constituye una forma de protesta contra el tipo de ciencia establecido y los valores que dan sentido a la misma. Pero en este segundo aspecto, es una crítica menos al objeto que al objetivo, y por lo tanto al compromiso que el sujeto adquiere al dirigir su conocimiento de la realidad.
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